Hoy se supone que iba a ser un día guay. Por poco me quedo frita (dos veces), y me desperté tras una pesadilla horrible, pero hoy iba a ser guay. E iba a serlo porque hoy me hacían las fotos para la orla. Deseosa pero nerviosa por el asunto, estuve todo el día alegre y dicharachera como hacía tiempo que no estaba. Iba a seguir con mi propuesta allá donde fuera. Para colmo, canté bingo a las once y media, cuando bajamos al salón de actos para que nos hicieran las fotos y, ¡menuda sorpresa! el fotógrafo era el hermano guapo de Darek.
Estaba tremendo y era majísimo. Al llegar a mí, casi al final, pues iba por orden de lista y yo soy de las últimas, me colocó él el pelo, me dijo la pose que debía de poner y me hizo hasta cinco fotos. Un bombón de chico, y eso que a mí no me gustan los rubios…
El día había salido perfecto, desde luego, pero empezó a torcerse al llegar a casa. No había nadie y estaba todo manga por hombro. Al ver que no teníamos ni pan, salí a comprar, pero uno de los súper estaba cerrado y tuve que irme al más lejano. Me cagué de frío porque no llevaba chaqueta (ya que iba en principio a un lugar cerca de mi casa), pero conseguí volver. Y al hacerlo me encontré con mis padres, que acababan de llegar de comprar el pan. Menuda cagada.
No contenta con eso, me he empeñado en cagar más el día y me he ido -en realidad no fue voluntario- con mi padre a mirar la maleta para el viaje a Berlín. Primero fuimos al Alcampo y mientras una cosa salió bien (me compré Bic Naranja después de haber buscado como una loca), la otra salió mal. Empezamos a mirar, y yo me enamoré de una maleta. No era una maleta cualquiera, era la maleta más bonita que hayáis visto jamás.
Era de un tamaño normalito, roja con flores surfistas rosas, y sólo costaba 15,65€, pero a mi padre no le gustaba. Según él, ni tenía ruedas adecuadas, ni era dura ni robusta. En definitiva, salimos de allí con las manos vacías y yo con un vacío también, el de no tener la maleta. Fuimos al Carrefour y mi padre acabó decantándose por una, a mi parecer cara, azul oscuro y desde luego nada parecida a la otra.
Llegamos a casa, yo con un bajón increíble, pues era mi palabra contra la suya, y como ni siquiera he viajado no sé qué es lo mejor. Mi hermana y mi madre le dijeron a mi padre que la maleta era para un par de usos; es decir, que no tenía que ser ni dura ni resistente, que seguramente acabaría en la basura. Él se enfadó y mi hermana también, toma regalito ahí.
Yo me puse fatal y me entraron más ganas de la maleta. Así que al final volvimos al Alcampo, pero ya no estaba. Allí estaba yo, con ganas de llorar de la rabia y del asco que me estaba ya dando el tema de las maletas, y al mismo tiempo comiéndome el coraje de pensar que cualquier chavala tendría la maleta. (Ah, un apunte, justo después de enterarme de que no estaba la maleta, me he encontrado con mi profesor de Historia).
Sé que puede ser muy de niñata, pero os aseguro que yo quería ésa. Ésa y no otra, sólo ésa. Hemos ido a un par de chinos de aquí cerca, pero las maletas son parecidas a la que ya tengo (la cara del Carrefour), sólo que mucho más baratas. Si me dan a elegir me da igual, es escoger entre caca y mierda, así que me quedo con lo mismo.
He llegado, rabiosa, y más rabiosa aún de no poder expresar mi rabia. Le he hecho una perdida a Javi para hablar con él y desahogarme, y la vocecita dulce de la chica de Orange me ha dicho que sólo puedo recibir llamadas. Traducción: estoy más pelada que las ratas.
El ordenador estaba ocupado, por lo que no podía hablar con él, y el teléfono fijo lo mismo, así que me he querido tirar por el balcón. Pero lo mejor no es eso, sino que cuando por fin he podido hacer una perdida desde el móvil de mi madre me he dado cuenta: Javi está en el dentista.


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