Vivo como en un sueño, tengo ganas de despertarme sobresaltada en mi cama. Tengo ganas de que esto sea una pesadilla y sólo se quede en eso, y empezar un nuevo día hace 2 semanas como si nada hubiera pasado.
El miércoles fui por primera vez sola a un hospital. Al entrar me sentía perdida y olía raro, y todo el mundo parecía mirarme. Tal vez eran los nervios, los pensamientos, la ansiedad, pero daba la impresión de que toda persona que me veía me utilizaba para autoconsolarse. Tal vez lo mío era peor. No recordaba el número, y me fui por el sitio que no era. Eran pasillos larguísimos y silenciosos, y cada dos segundos el sonido del ascensor arriba y abajo.
Carteles para no automedicarse, para denunciar en caso de maltrato, para dejar de fumar… y techos con agujeros, suelos con baldosas rotas, paredes sucias y de vez en cuando un médico. Di tantas vueltas que decidí bajar y volver a empezar desde el principio, desde aquello que recordaba. Pero ya no recordaba nada, todos los pasillos me eran iguales: me había perdido.
Decidí ir piso por piso, mirando su nombre. Era la cuarta planta, y al abrirse las puertas del asensor la vi, sentada, en pijama y con una cara que no le había visto nunca. Estaba allí, en la planta de oncología. Y jamás me hubiera gustado tanto no saber qué significa esa palabra.




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