Nunca he entendido a la gente que no vota porque no le apetece, o porque “pasa de la política”. Personalmente no puedo votar todavía, pese a que muchos de mis compañeros ya pueden al haber cumplido recientemente la mayoría de edad. Yo cumplo en noviembre, por lo que tengo 17 recién cumplidos. Como digo, no puedo votar, y puede que por eso me dé más rabia la gente que ya digo.
A mi casa llegó, por orden, propaganda electoral del PSOE, del PP y hoy, de Esquerra Unida. Me he leído todas las cartas (salvo la de EU, que no tiene, sólo un panfletito rojo con Llamazares intentando ser sepsi), y aunque tengo considerables ganas de pronunciarme, no lo haré totalmente por tres motivos.
El primero, porque la política es un tema que personalmente no me gusta por resultar demasiado delicado y por tener que andar con pies de plomo; además, no busco ofender a nadie. El segundo, porque de las propias ideas que yo tengo y de pensar en la cantidad de aspectos que considero equivocados hay en ciertos partidos que se presentan, me enerva. Y el tercero, porque francamente paso de llevarme un disgusto con las dos primeras razones.
Por ello no diré a quién votaría yo, pero estoy segura que quien me conozca mínimamente sabe por dónde van los derroteros. Por otra parte me gustaría alentar fuertemente a quienes tengan en su mano el poder del voto, pues aunque me opongo firmemente al voto de rebote (también conocido como “efecto chaquetón” o “partido de tenis”), sí estoy de acuerdo con aquél que vota a quien más le convence.
Yo como digo no puedo todavía, aunque sí me gustaría poder hacerlo. De momento no recibo cartas de propaganda electoral, la última que recibí era de la Universidad de Alicante, para asistir a un coloquio sobre las carreras el día 14 a las 9 de la mañana, hora en la que estaré en el aeropuerto hacia Berlín, menuda coincidencia.




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