Odio a la gente que no tiene tono para interiores.
Odio escuchar a Maná cada vez que me meto a la ducha y pongo la radio.
Odio que la gente espere que haga todo el trabajo por ellos.
Odio que a la ropa nueva se le vaya el olor y el tacto a nuevo en cuanto se lava.
Odio toda mi ropa.
Odio el autotexto de los Motorola.
Odio que mi impresora nunca imprima lo que se le pide cuando se le pide y en cambio te imprima cada dos por tres la página de sus instrucciones.
Odio ver todos los días mi correo y ver que mi media es de un mensaje cada cinco días.
Odio el frío de la mañana, y a la gente que nunca tiene frío.
Odio las figuras de Semana Santa de los Cristos en la cruz y las Vírgenes llorando, de piel cetrina y profunda expresión de dolor.
Odio la Hello Kitty que cuelga de mi móvil, quiero otra.
Odio el sonido de las campanas.
Odio cuando tienes algo en la mano y estás notando como, muy poco a poco, pero sin poder remediarlo, se te están cayendo las cosas.
Odio cada vez más a los preadolescentes y adolescentes de hoy en día (a pesar de que yo lo sea).
Odio mi pelo, y mi nariz, y mis ojos, y mi cuerpo…
Odio no ser alta.
Odio los pegotes de tinta que va soltando un boli Bic cuando se está quedando sin.
Odio que esté programada una cosa en la tele y luego no la den.
Odio que la gente haga sonidos y ruidos al masticar.