La verdad es que ni yo sé por qué había ese ambiente de nerviosismo. El hecho es que incluso yo (y ya es decir) estaba nerviosa, con cierto tembleque en las manos, y quedándome en blanco por momentos. Tal vez era el hecho de tener que reunirnos ambas clases, ciencias y letras, el que hacía que el examen pareciera mucho más importante de lo que en realidad fue, pero el caso es que no había nadie en el salón de actos que no estuviera con apuntes en las manos, repasando en el último momento.
Personalmente, y como bien había predicho justo antes de pasar el umbral de la puerta, en cuanto tuve el examen entre mis manos y leí la primera pregunta, los nervios se me fueron. No porque en particular la primera fuera fácil, ni tuviese la seguridad de “sabérmela“, sino por el mero hecho de que la anestesia que parece que mi propio cuerpo produce en momentos así empezaba a dar resultado.
Habían pasado más de quince minutos y yo aún estaba leyéndome el texto. Veía cómo escribían los demás, y por un momento de “locura” (en realidad fue ensimismamiento), creo que hasta oí el sonido de los bolígrafos al escribir casi contra las mesas del aula de música, que son las que hay en el salón de actos. Terminé de leer el texto; me bloqueé, no podía salir de mi “parálisis”, no pensaba, no parpadeaba, no recordaba nada y ahora ni tan siquiera escuchaba. No sé cuánto tiempo fue, aunque lógicamente a mí me parecieron siglos.
Supongo que debió de ser cuestión de segundos, quizá como mucho fue un minuto. Y volví, de pronto, directamente escribiendo. «El texto puede ser dividido en tres partes…», comencé, y me puse a escribir como si la vida me fuera en ello, asombrándome a mí misma de la fluidez mental y la verborrea que tenía en ese momento, sobre todo después de haber estado ida durante un momento. Igualmente me dejó perpleja mi espantosa letra y cómo me iba doblando hacia arriba y hacia abajo (cosa que no me suele pasar, y menos en un examen), aunque lo olvidé y seguí con el examen.
Cuando me quise dar cuenta había tocado el timbre. Habían pasado 50 minutos y yo todavía estaba en la pregunta primera (en la primera, también, parte de ésta). Momentáneamente volví a sentir cierto nerviosismo, aunque fue una falsa alarma, ya que pude controlarlo al concienciarme de que todavía me quedaban 50 más (el positivismo ante todo).
Extrañándome a mí misma llegué a la sintaxis más rápido de lo que creí que llegaría, y aquello salió con tal alegría que pensé mal y creí que no podía ser tan fácil. Miré el reloj, de pronto eran casi las dos y media. Releí unas cuatro veces mi propio examen, y yo misma reconozco que me perdí en mi comentario de texto (y no hay que ser un Sherlock para darse cuenta de que esto jamás va a poder ser buena señal).
Me levanté y dejé mi examen en el montón en el que el resto de gente los había ido dejando. Recogí mis bolígrafos (en realidad sólo había utilizado uno), metí mis cosas en la mochila, me puse las chaquetas, la mochila a los hombros, cogí el examen y justo en ese momento sonó el timbre. Por los pelos.
Al salir, esperando no encontrar a nadie, vi justo lo contrario: una marabunta de gente en un espacio de 2x2, chillando (di gracias de que el salón de actos estuviera insonorizado) y comentando qué habían puesto ellos, algunos con buenas caras y otros con no tan buenas caras.
Llegué a casa sobre las tres y cuarto, sudando, y con el examen en la mano, las ganas de contar lo más importante que me ha pasado hoy eran terriblemente deliciosas, y obviamente no podía dejar escapar hacer un post sobre algo así. Ahora crucemos todos los dedos para que la experiencia haya sido positiva.