Nunca me he sentido cómoda con dos o más personas. No es nada en particular con dicha gente, sino simplemente un hecho sin más. Nunca me he sentido especialmente aceptada en ninguno de los círculos sociales en los que me he movido (bien por “obligación”, bien por decisión propia), y esto ha ido sucediendo desde que tengo memoria porque, básicamente, noto demasiada diferencia con gente de mi edad (en cuanto a gustos, temas de conversación, etc) y con gente mayor que yo (más de lo mismo).
Si bien es cierto que he sabido siempre cuándo sobro, molesto o cuándo no se me quiere cerca, también es cierto que muchas de las ocasiones he sido potencialmente malpensada. Digamos que me he ido llevando tantos palos, que soy de las que pronto creen que sobran, molestan o no se las quiere cerca. El propio hecho de retirarme antes de tiempo (algo así como el consuelo de “No me dejó, lo dejé yo”) ha conseguido que igualmente la gente acabe por no quererme a su lado.
Yo me reconozco de difícil trato; lo mismo hoy soy la persona más amable del mundo, que mañana voy a machete. Tampoco estoy acostumbrada a oír cosas buenas de mí. Me refiero en todo caso a cuestiones personales y no de dotes o habilidades. Tiendo a subestimarme (esta vez tanto en el ámbito personal como en el de mis capacidades) y eso tampoco acaba por gustar a nadie.
Soy una persona a la que facilísimamente se la puede herir, la cuestión es encontrar qué hay que tocar para conseguirlo. Desde que tengo memoria ha habido una figura por encima de mí: mis compañeras de clase eran más guapas, mis amigas eran más simpáticas o más sociables, mis hermanas eran capaces de algo que yo no (mi hermana mayor, por ejemplo, dibujaba y dibuja mil veces mejor que yo). Esto terminó por hacerme creer ciegamente que por muy alto que aspirase, siempre habría alguien por encima, de manera que ¿para qué aspirar alto? al fin y al cabo acabaría en la misma posición en la que empecé.
Jamás me he sentido integrada en ningún “grupito”: no soy lo suficientemente guapa como para ser de las monillas de la clase; no soy lo suficientemente simpática como para caerle bien a todo el mundo; no soy bakala, ni gótica, ni emo, ni geek, ni friki, ni me gusta el reggaeton…. Nunca he sido nada en particular y nunca nadie (salvo tres personas) se ha preocupado por mí de verdad.
Ahora, pocos años más tarde de mis peores de la adolescencia (no hace falta más que retroceder en el blog, que tiene ya 3 añitos aunque no lo parezca), todo parece lejano y como que no me toca… como que no era yo. Pero lo sigo siendo y me estoy dando cuenta: tras una etapa de calma, en la que ya ni pensaba en el resto del mundo como competidores, como personas que pudieran estar por encima de mí… ahora doy un paso atrás y vuelvo a ser como antes.
Nunca me gustó esta sensación, pero digamos que tras tantos años una se va acostumbrando. Ahora, volviendo a sentirme como aquel entonces, es como si el golpe fuera más duro que en aquellos momentos. Vuelvo a sentirme baja de ánimos, con ganas de llorar y con poquitos motivos para seguir adelante. Y es que al fin y al cabo, y por mucho que me esfuerce, jamás dejaré de compararme con los demás.





Añádeme a del.icio.us

