A veces hay cosas que no me gustan. Tal vez por miedo, por respeto o porque me importa poco la gente, al final acabo callándomelo. Desde luego sería estúpida si a estas alturas todavía confiase en mi blog, que por mucho “territorio privado” que parezca, no lo es en absoluto.
No soy una persona a la que le guste insistir sobre un mismo tema, ni tampoco tengo como costumbre el repetir las cosas que digo. Esto, por tonto que parezca, acaba siendo un incordio para la gente. Si a eso sumamos mi poca sociabilidad y lo mal que la disimulo, entonces podremos imaginarnos cómo es mi situación actual.
Sabía que era algo que podía llegar a suceder, y mucho más con gente como Jose (debe de ir pegado al nombre), pero no esperaba que fuera ni tan rápido ni de la manera en que ha sido. Podría haber tirado por la borda dos años de perfecta farsa y haberlo dejado cortadísimo, pero en lugar de eso me salió una explicación que sólo yo entendí.
No es que mi mejor tema sea el que él cree que es, sino que ninguno de los que pueden escucharlos merece tanto la pena como para gastar saliva. Yo no le espeto patrañas sobre su forma de vomitar aquello que se le pasa por la cabeza.
Si él prefiere escupir palabras (y no sólo eso) y dejarse en evidencia a sí mismo, de acuerdo, pero que a mí no me venga con ésas, que mi paciencia limitada es y ganas ya le ando yo teniendo. Así que como muy bien dice el sabio refranero castellano:
Quien a decir agrias verdades se pone, agrias verdades oye.


Añádeme a del.icio.us

